El 5 de mayo de 2026, OpenAI abrió la compra directa de anuncios dentro de ChatGPT. El anuncio se perdió entre tanto ruido que hay en estos momentos, pero tiene una consecuencia muy relevante: un canal con cerca de 900 millones de usuarios semanales que durante meses estuvo reservado a un grupo cerrado de marcas grandes quedó al alcance de cualquier empresa con un presupuesto modesto y disposición a experimentar.
La plataforma pasó de cobrar por impresiones a cobrar por clic, eliminó el mínimo de inversión que la mantenía como un terreno exclusivo, e incorporó medición por pixel y una API de conversiones cuya fiabilidad, por ahora, es irregular. La segmentación no opera por palabras clave, como en paid search, sino por señales de contexto dentro de la conversación. Visto en conjunto, OpenAI no inventó un modelo completamente nuevo: replicó el manual que Google y Meta llevan años perfeccionando, y lo trasladó a un entorno distinto.
Esa familiaridad es engañosa. Que la mecánica de compra se parezca a la de paid search no significa que el canal se comporte como paid search. La única manera de descubrir qué tipo de medio es ChatGPT es corriéndolo, y las primeras campañas que hemos corrido en JULIUS ya nos dejan ver patrones que vale la pena examinar con cuidado, sobre todo porque contradicen en parte lo que la conversación pública está dando por hecho.
Lo primero que salta es el costo. El clic en ChatGPT resulta notablemente más barato que el clic en paid search para una misma campaña, con el mismo mercado y objetivo. No un poco más barato, sino lo suficiente para que la diferencia llame la atención y para que la lectura inmediata sea casi automática: canal nuevo, competencia todavía delgada, subasta sin saturar. La conclusión que muchos están sacando en público es que se trata de inventario barato y de alta intención, una ventana de arbitraje que conviene aprovechar antes de que se cierre. Parecido a lo que hace quince años vivimos en Facebook, y aún en medida decreciente vivimos en TikTok.
La conversión de clic a lead refuerza esa lectura: el costo por lead resulta muy competitivo. Y el dato que termina de armar la narrativa optimista es el clic. La tasa de clics se acerca a la de paid search y queda por arriba de la de paid social, lo que invita a pensar que el usuario de ChatGPT llega en un momento de decisión, comparando opciones y listo para actuar, y no simplemente desplazándose por un feed.
Hasta aquí, todo apunta a la misma conclusión cómoda: un canal más barato que paid search, con clics y conversiones que aguantan la comparación. Si uno se detiene en estos tres números, la decisión parece obvia. El problema es que detenerse aquí deja fuera la pregunta que de verdad importa para generar demanda, que no es cuánto cuesta traer a alguien, sino quién es ese alguien cuando llega.
El cuadro cambia cuando uno deja de mirar cuánto cuesta el lead y empieza a mirar qué lead llegó. En las primeras campañas, la calidad quedó por debajo del promedio que paid search suele entregar para la misma cuenta. Conviene decirlo con la cautela que impone una muestra todavía pequeña, un puñado de conversiones y pocas semanas de operación, pero la dirección es clara y vale la pena tomarla como señal temprana, no como veredicto.
Una parte de la diferencia aparece en el tipo de contacto que deja el usuario. En entornos B2B, donde un correo con dominio de empresa suele ser señal de un prospecto calificado, la proporción de correos personales, de dominios gratuitos como Gmail u Outlook, resultó más alta que en paid search. Ese detalle, que podría parecer menor, apunta a algo de fondo. En el buscador, el simple acto de teclear una consulta comercial ya funciona como filtro: quien busca un proveedor está, hasta cierto punto, declarando una intención. La conversación no filtra de la misma manera. Quien le pregunta a ChatGPT está explorando, aprendiendo o comparando, y no necesariamente se presenta con la identidad con la que compraría.
Esto no significa que el canal no funcione. Al contrario, en nuestra experiencia produjo leads donde paid social, corrido en paralelo, casi no los generó. El punto es más fino: el canal sí convierte, y a buen costo, pero el contacto que entrega es más blando que el de paid search. Lo vemos no solo en el tipo de correo, sino en el comportamiento posterior: entre los prospectos que llegan por ChatGPT, el ausentismo a las citas agendadas es notablemente mayor que entre los que llegan por paid search. La intención está, pero es una intención distinta.
El clic existe y la conversión existe. Lo que cambia es la intención detrás de ellos. Quien llega desde el buscador suele estar evaluando a quién contratar; quien llega desde ChatGPT, con frecuencia, apenas está entendiendo su problema. Confundir esa intención conversacional con intención de compra es el error de lectura más probable de esta etapa.
Si el contacto tiene un perfil inferior (en promedio) y la intención más común es de exploración, la consecuencia para la estrategia es directa: este no es un canal tan de fondo de embudo como paid search. Paid search captura demanda que ya existe, a alguien que salió a buscar un proveedor y está cerca de decidir. ChatGPT podría estar interviniendo, en promedio, antes, cuando el usuario todavía está definiendo su necesidad, comparando enfoques o armando criterio. Está más cerca del descubrimiento y la consideración que del fondo del embudo. Es posible que en algunos casos contacte a un proveedor movido más por el impulso del momento que por una decisión ya tomada.
De ahí que el error más caro no sea de presupuesto, sino de encuadre. Portar el manual de paid search tal cual, pujar al último clic, mandar el tráfico a una página construida para quien ya quiere comprar y medir el canal con la vara de la conversión inmediata, es pedirle a ChatGPT que haga un trabajo que no le toca. Medido así, el canal va a parecer que entrega leads de baja calidad. El problema no sería el canal, sino la expectativa con la que se le mide.
El panorama es potencialmente más interesante. ChatGPT podría ofrecer una entrada al embudo más temprana, en la mitad, con un costo por clic atractivo, una conversión medible y prospectos que con el tiempo es posible convertir a un costo unitario rentable y a una escala relevante. Hoy, para muchas campañas de generación de leads, eso no está disponible a través de ningún medio. La pregunta ya no es si el canal es bueno o malo, sino cuál es su papel dentro de una estrategia robusta de generación de demanda.
Conviene situar la ventaja de costo en el tiempo, porque es probablemente lo más efímero del canal. El clic barato es, en buena medida, una función de la etapa: pocos anunciantes, una subasta sin saturar y una plataforma que todavía está aprendiendo a cobrar. Es el mismo patrón que ya vivimos con Facebook y, en una versión más corta, con TikTok: la ventana de precios bajos se fue cerrando a medida que la demanda de anunciantes crecía. ChatGPT podría seguir ese camino, pero no es la única trayectoria posible.
El precio de un anuncio depende de cuánta demanda de anunciantes haya frente a cuánto inventario exista, y ese inventario podría crecer por dos vías: una base de usuarios que sigue expandiéndose y una mayor cantidad de anuncios por conversación. Si la oferta crece rápido, el encarecimiento podría contenerse aunque entren más competidores. La historia de Facebook apunta en sentido contrario, porque ahí la demanda creció más rápido que la oferta y la plataforma aprendió a cobrar más por cada impresión, pero no es una ley. Lo más honesto es plantearlo en términos de probabilidad: la ventana probablemente se encarece con el tiempo, sin que podamos anticipar a qué velocidad.
Hay un segundo riesgo, menos obvio y más de fondo. De las dos vías para expandir el inventario, subir la cantidad de anuncios por conversación es justamente la que más rápido erosiona lo que hace valioso al canal. Y lo valioso es la confianza con la que el usuario llega a ChatGPT: pregunta sin sospechar, explora con honestidad y trata las respuestas como consejo y no como venta. Esa confianza es el activo, y está en tensión con el modelo de negocio que la sostiene. OpenAI ha planteado metas de ingresos publicitarios que pasan de los 2,500 millones de dólares este año a una cifra cercana a los 100,000 millones hacia 2030, y una ambición de esa escala difícilmente se sostiene con publicidad discreta. Por ahora la empresa afirma no ver deterioro en sus métricas de confianza, aunque encuestas independientes apuntan a que una mayoría de usuarios percibe que los anuncios restan credibilidad a las respuestas de la IA. La palanca que más aliviaría la presión sobre el precio es, entonces, la misma que más amenaza el activo.
Nada de esto descalifica al canal, pero sí cambia la naturaleza de la apuesta. Lo que hoy se prueba no es una posición ya asentada a la que uno se suma para quedarse, sino una hipótesis todavía en curso.
Si lo que el canal entrega es un prospecto más blando, en condiciones que todavía se están definiendo, la conclusión práctica es que el valor no está en estar presente, sino en saber operar lo que llega por él. Capturar un lead barato es fácil; convertirlo en negocio cuando entra menos calificado es lo que separa una campaña que funciona de una que solo abulta el reporte. Eso exige un trabajo que el costo por clic no refleja: calificar antes de pasar el contacto a ventas, nutrir al que todavía está explorando y leer los datos con la frecuencia suficiente para ajustar mientras la plataforma sigue cambiando semana con semana.
Nada de esto es nuevo en su naturaleza, pero sí en su exigencia. Paid search perdona cierta pereza operativa porque entrega demanda ya madura; ChatGPT no. Un canal en el que el prospecto llega explorando obliga a tener esa capacidad montada antes de escalar la inversión, no después. Quien prende campañas sin ella detrás va a concluir que el canal no sirve, cuando lo que falta es la operación que lo vuelve rentable.
De fondo, esto reordena dónde está la ventaja competitiva. Cuando el acceso al canal se abre a todos, como acaba de pasar, estar en él deja de ser un diferenciador casi de inmediato. Lo que diferencia es la capacidad de leerlo bien, ajustarlo rápido y sostener la operación que convierte un contacto temprano en un cliente. El canal se comoditiza; la capacidad de operarlo, no.
La pregunta con la que muchos se acercan a ChatGPT es si conviene anunciarse ahí. Es la pregunta equivocada, o al menos incompleta. El canal hoy es barato, convierte y abre una etapa del embudo que otros medios no alcanzan bien. Pero ese clic barato esconde un prospecto más blando, el precio probablemente suba como ocurrió en las plataformas que llegaron antes, y el modelo de negocio que sostiene la experiencia está en tensión con lo que hoy la hace valiosa.
La ventaja temprana, entonces, no está en llegar primero al canal, sino en leerlo con honestidad: entender qué tipo de intención entrega, medirlo con la vara correcta y construir la operación que convierte una conversación en un cliente. Porque lo que se pone a prueba en estas primeras campañas no es un canal nuevo al cual mudarse, sino una apuesta sobre cómo va a buscar y a decidir la gente cuando una parte de esas decisiones empiece a pasar por una conversación con una máquina.
Vale la pena estar ahí temprano, con una condición: hacerlo entendiendo qué se está probando, sin confundir lo que el canal promete con lo que todavía tiene que demostrar.